Y, ACERCA DE YULIANA SAMBONI, ¿LA TELEVISÓN TENDRÁ ALGO QUE VER?

La tragedia que alimenta por estos días la actividad de los medios de comunicación y que les llena los bolsillos a todos es, lo digo categóricamente ¡una culpa que le debe pesar a todo colombiano!

La idea de que  Uribe, (otro), haya actuado por cuenta de su enfermedad mental es el camino más corto para volver a tapar con tierra la causa silenciosa y enquistada de esta acción. Sí claro que es un enfermo, es un enfermo cultivado en una sociedad que se mueve y se dinamiza por cuenta del arribismo y el clasismo que todos los nacidos en este país desde el siglo XIX hasta esta fecha seguimos como una religión.  Este Uribe, (otro), creció en un país en donde se cree que con un apellido como ese o Noguera o Michelsen o Samper o Peñalosa o Pastrana o Lleras o Urrutia o Santos o Cano o La Faurie y  donde también se cree que habiendo salido del Moderno (así se le dice en confianza) o del Campestre (otro gimnasio) o del San Carlos (aula de Andrés Pastrana) o del EnYi  ¨criollización¨ de Nueva Granada para que suene en la lengua del gobernante, o del Femenino (otro gimnasio) o del Pepa Castro, (ni idea quién es esta señora), se es mejor que el resto de los habitantes a los que se señala de indios, chusma, “gaminería”, plebe o cualquier denominación que aclare lingüísticamente la distancia entre el noble y los plebeyos.  La razón por la cual la patología de este Uribe, (otro), se desahoga con una niña indígena y no con una vecina de su propia clase social es la misma razón por la cual en los hogares colombianos se maltrata a la “sirvienta”, porque los colombianos creemos que en estas tierras se dan sub humanos que, por cuenta de ser campesinos, negros, indígenas o pobres, no merecen respeto de parte de los “nobles” como los Uribe (todos).  Este sistema de valores se cultiva silenciosamente en la casa, en los apartamentos de Rosales, o El Poblado o en las zonas “bien” de este país en donde niños monstruos de 5 y 6 años se refieren a la persona que les atiende en lo doméstico como “mi empleada” y  en las reuniones sociales en las que todos estos arribistas perversos se las arreglan para hacer saber de sus antepasados con cargos importantes en el gobierno o con títulos nobiliarios provenientes de España o con ascendencia europea que los extraiga de pertenecer a la plebe a la que pertenecía Yuliana. La diferencia con Uribe (otro), no está en la enfermedad, está en el grado, porque este país está podrido de clasismo, es un cáncer que nos hizo metástasis hace rato y del cual es enfáticamente responsable la narrativa de televisión que se la ha pasado explotando el clasismo como combustible del conflicto dramático. Finalmente, en las telenovelas la manera como el pobre gana es cuando se vuelve igual al rico, y la mujer disminuida no triunfa cuando se restablece su dignidad sino cuando por cuenta de haber accedido al poder que el hombre le da, ella se arregla como corresponde y se vuelve lo suficientemente “blanca” como para acceder al paraíso de la elite que antes la excluía.  El mal que mató a Yuliana no se va con este Uribe, (otro), en la cárcel,  el mal que mató a esa niña vive entre nosotros y la narrativa de la telenovela le da de comer.

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