LOS TOROS, EL ARTE Y LAS MENTIRAS QUE NOS DECIMOS

Si ni amigos ni detractores rompen tu ecuanimidad

y aunque todos contigo cuenten, nadie te logra cautivar.

Rudyard Kipling (If)

 

Tengo en las cercanías de mis afectos amigos tan entrañables como Juan Manuel Cáceres, uno de los pocos y buenos escritores de humor que tiene la televisión de este país, y tengo en el hall de la admiración a pluma y criterio tan apreciable como Antonio Caballero a quien solamente he saludado una vez en la vida y le dije que me parecía mentira comprobar que él sí existía.  Lo anterior para descontaminar esta nota de cualquier ánimo pendenciero o belicoso, de antemano reconozco, entonces, que taurófilo no equivale a bruto o violento.  Yo en cambio no apetezco de esa fiesta. Desde niño me ha espantado el concepto de divertirme o estimularme con el dolor de un ser vivo. Lo que me llama la atención es que en la lucha de las opiniones entre taurófilos y animalistas, los argumentos sean casi siempre desenfocados y tangenciales, sobretodo por parte de los animalistas que, no sé si por ingenuos o fogosos, caen en la red del sofisma de los taurófilos que protegen la vigencia de su afición con el argumento débil de lo cultural, lo atávico y lo artístico. ¡Por Favor!.  “Se desmontan por las orejas los taurófilos” y se emboban los contrarios. No soy abanderado de ninguna causa gregaria o partidista, no me debo considerar animalista ni nada que termine en ismo, el problema es que me resulta indigerible el argumento de lo artístico y lo cultural para justificar una faena de tortura y violencia a un ser sensible al dolor.  ¿Será que nací en el siglo XX y no en el siglo XII?  ¿Será que los rituales culturales también son vulnerables a la evolución del pensamiento y de las sociedades? ¿Será por esa razón que hoy no hay gladiadores en el circo romano y que no hay lanistas que preparen a los jóvenes para luchar hasta morir en beneficio de un espectáculo, que admitámoslo, era pletórico de liturgias y estímulos de belleza para adornar el reto a la muerte? ¿Será que porque mi vida transcurre en el siglo de la llegada a la luna, de la democracia y de los derechos humanos,  no te tenido la oportunidad de ver un sacrificio humano celebrado para calmar la ira de los dioses?

El argumento de la cultura y del arte es frágil y el uso que de éste hacen personas de mi admiración como Cáceres y Caballero me revela que esto de los toros es una pasión fanática que no tiene razón sino emoción. Hace muy poco en Colombia, Mockus al llegar a la alcaldía de Bogotá, y antes de abandonarla por veleidoso, determinó que el uso y la venta de la pólvora se reglamentaba con alcances penales, hasta ese día la pólvora, peligrosa como ciertamente lo es, era parte de la cultura y de la alegría navideña, yo mismo me quemé con una “luz de bengala” y un hermano mío murió a causa de esta tradición. En menos de un año los productores tradicionales de pólvora pasaron de ser pequeños industriales a posibles delincuentes, y así es.

Se esconden, los taurófilos, tras el burladero de otro argumento sofista. “¿y, entonces, qué dicen los animalistas de los animales sacrificados para la producción de carne?”.  Frágil. No es comparable. El sacrificio de animales para la industria alimentaria si bien es cierto es discutible y altera la sensibilidad de quienes no somos partidarios del maltrato a los seres vivos, (Eso incluye la tortura a humanos), no se celebra en público para regodearse con la muerte del animal.  Se puede controvertir, sin duda, pero no es asunto de la misma materia, simplemente porque el sacrificio en el matadero no se proyecta como un evento sublime o sagrado.

La imagen de la fiesta brava con los palcos siempre símbolo de supremacía social y económica, con dos vidas siendo ofrecidas para el regodeo de los poderosos que miran mientras se estimulan el resto de los sentidos con la música, con el vino y con la mujeres ataviadas para ser admiradas, es un quiste de barbarie y de grosería que seguramente le quedó bien a Nerón tanto como todo lo demás inclusive quemar Roma mientras cantaba y tocaba la lira. Eso era en el siglo I.

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