¿Cómo construir el diálogo en un guion?

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Cómo construir diálogos en un guion es una inquietud y pregunta que aguijonea los sentidos del escritor.  No hay reglas, definir un decálogo de cómo construir buenos parlamentos es imposible, tanto como darle a un pintor un manual de cómo ejecutar su trazo o a un compositor un instructivo de cuando elevar la media octava o a un padre un manual de cuando es propio abrazar a un hijo.

El diálogo es el jugo de la inspiración, la sensibilidad y el talento de la pluma que lo genera.  El diálogo es el fruto necesario de la capacidad de escucha del escritor. Ya lo he dicho antes, un escritor debe ser un sacerdote del silencio. Las historias se escriben solas, quien las traduce es aquel que tiene la humildad de oír lo que la historia misma clama por decir.  El buen escritor de diálogos debe ser un sabelotodo que haya oído cómo habla un erudito y le haya prestado oídos a un imbécil atafagado con su ignorancia.  Ese mismo escritor ha tenido la serenidad de callar ante el discurso adolorido de un niño que explica la desgracia de la perdida de su balón y también ha sido sabio para atender a la queja de su pareja que le narra con detalle le terrible dolor de cabeza que la embarga.  El diálogo justo emerge del tímpano que ha digerido las exclamaciones de un herido en la calle y ha callado secretamente mientras un sátiro a sus espaldas narra el placer con que violó a una virgen indefensa.  El asesino sanguinario que aparece en el noticiero es materia prima del autor de parlamentos y también lo es el criminal que roba bancos o que estafa ancianas desvalidas para celebrar burlándose de ellas en la mesa del bar atiborrado de putas y malandrines.  

El escritor honesto, el que no es mercenario ni arrogante, los ha tenido que oír a todos porque todos, absolutamente todos, viven en su mente.

 

Foto por Dima Pechurin en Unsplash

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