CARLOS MAYOLO

“Escribí mi biografía y  a vos no te menciono”, fueron las palabras con las que Carlos Mayolo se despidió de mi para siempre.  Yo estaba sentado en Di Lucca, una de mis casas en Bogotá, y al verlo entrar al sitio en compañía de Beatriz Caballero, me levanté de la mesa a saludarlo con el respeto y admiración que resultaron de una relación álgida entre los dos. ¡Al parecer yo había olvidado, pero él no!

Lo vi por primera vez en su suite del hotel Aristi de Cali cuando tuve que viajar a conocerlo porque era el escogido por RCN para dirigir un proyecto que se llamaría Azúcar, yo venía de haber escrito con Pepe Sánchez, los primeros 20 capítulos de Romeo y Buseta que fue, por decirlo así, mi mejor postgrado en dramaturgia audiovisual de la mano de quien fuera mi maestro hasta el último de sus días.  Los directivos de RCN, en aquel momento, programadora, me habían entregado un breve relato de 7 páginas en donde se planteaba la historia de amor entre el hijo bastardo de un hacendado del Valle del Cauca con su medio hermana, hija legítima de la estirpe de los Solaz.  Es decir una de la líneas que más tarde llevaría la serie. Sobre esta línea yo construí el universo entero de la serie.

Mayolo, ausente y presente a la vez parecía hablarme a mi pero siempre tuve la sensación de que nunca dejo de hablarse a sí mismo.  Me estimuló con su visión de lo que quería hacer en televisión con esta, anécdota vallecaucana, que me habían dado para que yo desarrollara en una serie del horario privilegiado de la otrora programadora RCN.  “contame de las perversiones de los personajes”,   “pensá siempre que si en una escena dicen blanco, en la siguiente alguien tiene que decir negro”,  “todos tienen que tener su propio infierno”.  Pasamos dos días en los que lo escuché con ávido interés, no recuerdo que me haya preguntado ni mi nombre,  y me despedí de Mayolo preñado de una visión muy atractiva de la historia que inmediatamente me iba a sentar a escribir. Ahora no dudo que nunca dejó de hablarse a si mismo.

A pesar del pronóstico del productor que, a priori, me dijo que me olvidara de cualquier reconocimiento para mi porque todos iban a ser para Carlos Mayolo, la cosa salió distinta en la mesa de los premios Simón Bolívar que en aquella época reconocía a los mejores de la televisión, obtuve mi primer Simón Bolívar por mejor libreto de Azúcar.  Al bajar del escenario “gratitud obliga” fui a compartir la estrella de acrílico con Hernando Martínez Pardo,  ahora descansando en paz,  que me leyó y acompañó en la escritura de mi primera obra.  A Mayolo no lo vi,  me lo encontraba en los capítulo bellos de la serie que me distanció beligerantemente de él, que por cuenta de su intermitente disciplina alteraba los eventos que luego teníamos que reconstruir en edición o en escenas que debían reiterar información que se fugaba en sus bellas puestas en escena.

La distancia nunca fue salvada y aunque gracias a lo años yo depuse las armas, por lo dicho en Di Lucca puedo imaginar que él no lo hizo.  Reconozco que esa “lucha de contrarios” entre Carlos y yo, debió ser lo que trajo a la luz ese hito de la narrativa de televisión en Colombia. Tony Navia, Elsa Vásquez, Rodrigo Lalinde, Ricardo Duque, Hernán Zahar,  Carlos Congote, Alejandra Borrero,  Alberto Valdiri,  Carmenza Gómez, Cristina Llilley, Vicky Hernández, Oscar Borda todos tuvieron mucho que ver con la construcción de esa  Azúcar que escribí hasta el capítulo 52.  En los 4 últimos capítulos comencé a trabajar con el genial Mauricio Miranda que hacía fotografía de producto y aceptó mi invitación a escribir después de que leí un cuento suyo que luego resultó siendo la semilla de La Alternativa del Escorpión. Renuncié, o mejor dicho, renunciamos con el recién llegado Miranda porque Mayolo convenció a los directores de la programadora de que cambiáramos el sentido de la historia y por no estar de acuerdo me fui al asfalto, Azúcar siguió 35 capítulos más de los que no tengo nada de memoria. En cuanto a mi se refería, Azúcar había durado 52 capítulos. Mayolo hizo otras cosas en televisión.

Hace pocos días una actriz de las que conoció a Mayolo en su apogeo de cinematografista en Cali se ofendió iracundamente con una joven porque ella no sabía qué más, fuera de Azúcar, había hecho el caleño y le espetó con ira santa que no conocer el cine de Mayolo era el equivalente a no saber quien es Bergman o Almodóvar. Yo presencié el roce en silencio y caí en cuenta de que como dijo Cristo: “no son todos los que están, ni están todos los que son”

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